Donde Habite El Olvido


LUIS CERNUDA O EL QUE HUYE DE SÍ MISMO

 

(ANÁLISIS DEL POEMA “DONDE HABITE EL OLVIDO”)

 

El siglo XX inicia en España con el advenimiento de innumerables acontecimientos, dentro de los que cabe destacar uno singular que dejará huellas en la memoria española: nace Luis Cernuda. Sevilla lo recibe en 1902 y  México lo despacha para siempre en 1963. De aspecto errante y rumiador de amarguras, Cernuda forma parte de la inacabable lista de escritores españoles, específicamente de aquella parte del listado histórico denominado Generación del 27.

Al igual que otros de su generación se sumó a la defensa de la Guerra Civil participando en el II Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia. También formó parte del grupo que se sitúa del lado opuesto a la razón (por sus preferencias sexuales), corriendo el albur de ser siempre mal entendido por la sociedad. De sus pocas dichas y sus demasiadas tristezas surgieron espléndidas líneas que aquí llamaremos por sus nombres oficiales así: “Perfil de aire” (1927), “Un río, un amor” (1929), “Los placeres prohibido”(1931), “Donde habite el olvido…”(1934), entre otras.

Para nuestro propósito nos detendremos en el último de los libros ya citados, y en él nos situaremos específicamente en el poema que le da título y que será objeto de nuestro análisis; a saber: “Donde habite el olvido”

 

DONDE HABITE EL OLVIDO

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala, Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde yo sólo sea

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

 

Ciertos y magníficos textos literarios  nos han puesto afortunadamente en contacto con inolvidables personajes, cuya virtud radica en ser poseedores de una prodigiosa memoria. No son tantos los casos, pero con solo nombrar a Irineo Funes y a Riobaldo, todos quedamos bien edificados ante este asunto mnemónico. Ambos nos deleitan y maravillan  con su prodigio memorístico y la manía del ínfimo detalle. Sin embargo, como la vida se rige por un equilibrio natural, que los orientales sabiamente sintetizaron en dos palabras: Ying y Yang, otros abominan de la memoria y de las desbordantes reminiscencias que de ella surgen, invocando en su lugar a su contra parte: el olvido; tal es el caso del sujeto poético que se manifiesta en este poema que nos ocupa.

En la pieza “Donde habita el olvido” se percibe como motivo de su estra la desgarradora pérdida de un amor, la cual hace emerger de la hondura sentimental del sujeto poético un estado de conciencia atormentado por los recuerdos: “En esa región donde el amor, ángel terrible, / No esconda como acero / En mi pecho su ala […]”.  Y como paliativo a la lacerante situación que lo agobia apela a la anulación de la memoria, y es que el olvido emblematiza el escape hacia algún lugar donde las crueles saetas de la pasión no lo alcancen: “Allá, allá lejos; / Donde habite el olvido”.

Pese al influjo surrealista que Cernuda recibió (al igual que otros de su generación) y matizó en algunas de sus producciones, en esta ocasión se nos muestra aireado de romanticismo, y bien sabido es el tutelaje ejercido por Bécquer en él, así como el préstamo que éste hace del verso becqueriano(Rima LXVI) que da título a este poema y pie de comienzo a el incendio sentimental que abrasa la existencia del sujeto lírico(o un posible Cernuda) que vemos agonizar en estos versos: “Allí donde termine este afán[…]”. Y es así como el poeta amonedando la heredad romántica nos reescribe magistralmente la antediluviana y antinómica fórmula amor (sexo) /  olvido (muerte); binarismo fatal que ha estigmatizado la humanidad desde tiempos de Eva hasta nuestros (versos) días. Esta dolorosa dupla relampaguea en todo el poema, aunque sólo podemos percibir de manera explícita el elemento amoroso, mientras que el de la muerte subyace oculto y nos he permitido llegar a él determinando el fino paralelismo que lo integra a la semántica simbólica de términos como “olvido”, “libre”, “niebla” y “ausencia”: “Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, / Disuelto en niebla, ausencia,” […].

En lo referente a la fuerza lírica que sentimos en el lenguaje cernudiano, ésta se nos presenta libre de expresiones ampulosas (pero bien elaboradas) que puedan atentar contra la doble función que debe tener un poema; esto es: permitirle al poeta transmutar en signos la “expresión delirante del verbo” y provocar  felicidad en el lector. Como digno representante de la Generación del 27, deja sentir las metáforas: “Donde habite el olvido,” […]   / “En los vastos jardines sin aurora;” […] / “Memoria de una piedra sepultada entre ortigas”. El autor se vale también de recursos como: la personificación: “[…] el viento escapa a sus insomnios.” / “ […] en brazos de los siglos,” ; las anáforas, con las cuales enumera dando fluidez a los versos: “Donde yo sólo sea” […] / “Donde el deseo no exista” […] “En esa gran región” […] / “En mi pecho su ala”; por su parte, utiliza la recurrencia (inicio y término del poema con un mismo verso ) para lograr un efecto de circularidad, cuyo propósito es aludir a un dolor interminable: “Donde habite el olvido,” […] / “Donde habite el olvido”.

En la estructura externa del poema se puede constatar que está formado por veintiún versos libres de rima asonante. Los mismos conforman estrofas formadas en algunos casos por cinco versos: primera, segunda y cuarta; en otro por cuatro versos: tercera, y la última estrofa contiene dos versos.

Por último, en esta fulminante composición, el poeta se proyecta mediante la voz del “yo” poético y nos desvela el sabor a destrucción que engendra la ruptura de una pasión, de la cual sólo la muerte nos puede salvar, y quizás ni ella, pues Quevedo nos sentenció a seguir amándonos más allá de la ausencia:   “serán ceniza, mas tendrá sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado”. Un sentimiento similar al de la persona de este poema de Cernuda sintió Dildo en la Eneida cuando Enéas se marchó, por lo que decidió acariciar dolorosamente su cuerpo con el frío acero; mas aquí Luis Cernuda ha preferido huir de sí mismo para perderse en el olvido, solitario; asumiendo la misma postura de uno de los personajes poéticos de César Vallejo: “Va corriendo, andando, huyendo de sus pies…”  

 

Publicado en Análisis, Ensayos.

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